lunes, 23 de enero de 2012

Capítulo 1

Al cabo de diez minutos, Santi ya casi había encontrado al resto de la pandilla. Estaban Clara, que era la más pequeña del grupo, Alejandro, al que todos llamaban El susto por la expresión que siempre mostraba, Lucía, la hermana mayor de Alejandro, a la que todos los chicos miraban más de la cuenta, y por último, el hermano menor de Santi, Pedro. Ese día también se les habían unido un par de chicos del barrio. Sin embargo, nadie recordaba sus nombres y a Santi le costó que se dieran por aludidos cuando los descubrió escondidos entre dos coches.

Pedro era el mejor jugando al escondite y el único al que Santi no había encontrado todavía. Era un chico pequeño y listo, pero lo que realmente le convertía en el mejor jugador de escondite del barrio, era una madurez muy extraña en un niño de su edad que le permitía ser paciente y cuidadoso, al elegir un lugar donde esconderse.

Esa tarde de verano, Pedro decidió que el sitio más seguro y agradable donde esconderse era bajo el agua. “Si me tiro al agua todos me oirán”- pensó mientras su hermano mayor contaba - “ y además, necesitaré algo a lo que agarrarme para no cansarme antes de que Santi me encuentre”. Se dirigía hacia el embarcadero cuando Santi terminó de contar y sin pensarlo dos veces, se agarro al extremo de las tablas y salto. Se quedó colgando debajo del embarcadero mientras oía a Marta quejarse de que siempre era la primera en ser encontrada.

“Aquí no duraré mucho”- se dijo a si mismo - “Será uno de los primeros sitios donde buscará”. Apoyó los pies en uno de los soportes del embarcadero y dirigió su mirada al agua. Una vieja balsa de madera pintada de blanco y azul se movía al ritmo del oleaje. Estaba en mal estado, pero Pedro estaba convencido de que aguantaría su peso. Se deslizó por los soportes de madera hasta el pilar donde estaba atada la balsa. Procuró no hacer ruido al saltar al agua y le dio la vuelta a la pequeña embarcación. Al chocar esta con el agua se oyó un ruido parecido a una bofetada que le aceleró el pulso. Confiando en que Santi no lo habría oído, se zambulló y entro en la cueva submarina formada bajo la embarcación que seguía moviéndose pesadamente con las tranquilas olas que agitaban la costa esa tarde. Dejó de oír los gritos de sus compañeros de juego y se convenció que había encontrado el mejor escondite de todos. Cuando estuviera seguro de que ya habrían encontrado a todos sus amigos saldría de su escondite y no contaría a nadie donde había estado.

Poco a poco, el calor del día se iba apagando y Santi y los chicos se cansaron de buscar a Pedro.

- Seguro que se ha ido a casa – dijo Marta que llevaba un buen rato sentada sin hacer nada.

- Si se hubiera ido se lo habría dicho ha su hermano – dijo Alejandro.

- Pedro sal ya!! - gritó Santi cansado de buscar a su hermano – Eres el último!! Has ganado!!
- Porqué no seguimos jugando? - se pronunció Lucía - Si sigue escondido lo encontraremos.
- Marta empezó a contar y volvieron a jugar. El sol empezó a ponerse y los chicos nuevos fueron reclamados por su padres que se lo llevaron a casa.
- Pedro estaba a punto de salir. Entonces, oyó un suave golpe en el cascarón la barca. En parte le decepcionó que le hubieran encontrado ya, pero por otro lado, tenía ganas de irse a casa y cambiarse de ropa.
- ¿Hola? – dijo al salir de debajo de la barca. Nadie contestó. Se dió cuenta de que era más tarde de lo que había pensado. Buscó a sus amigos pero no encontró nada salvo un maletín que flotaba junto a él, golpeando la balsa empujado por las olas. A partir de ese momento el objeto flotante se convirtió en el centro de su atención. ¿Que hacía un maletín alli? Como habría llegado al mar? Lo habría tirado alguien? Puede que una tormenta de verano lo haya arrastrado desde el pueblo.

Cansado y con frío, cogió el maletín y lo lanzó hasta el embarcadero. Una vez sentado al extremo de la estructura de madera, inspeccionó mejor su hallazgo. Era una maleta de piel negra, bastante grande y de aspecto elegante. Tenia unos cierres dorados con unas iniciales marcadas; “R.A.B.” Pensó en posibles dueños de esa maleta con esas iniciales. No se le ocurrió nadie. ¿Que pescador del pueblo podía llevar una maleta como esa? Se puso en pié y se dirigió a la plaza donde podía ver a Marta sola buscando a sus compañeros desesperadamente.

“Se han olvidado de mi y siguen jugando”- pensó con resentimiento - “Pobre Marta, siempre pierde”. A esas hora el embarcadero ya estaba ocupado por algunos de los ancianos del pueblo y sus cañas de pescar. Lo miraron extrañados mientras el chico recorría los cien metros de embarcadero que le separaban de la plaza donde jugaban sus amigos. Al llegar Marta gritó algo y el resto salieron de su escondite. Lo habían visto acercarse mojado y con un maletín. A nadie le interesaba el juego ya.

- ¿Que llevas ahí? - le dijo su hermano – ¿Y donde estabas?

- Debajo del embarcadero.
- Ya miramos allí y no estabas – protestó esta vez Lucía – seguro que te fuiste a casa y acabas de volver! ¿Y porque estas tan mojado?
- ¿Has estado en el agua todo este rato?- preguntó Marta.
- Pedro ignoró todas esas preguntas y les mostró el maletín. Santi intentó abrirlo mientras el resto escuchaban la historia sobre como Pedro lo había encontrado.
- ¿Que significa “R.A.B.”? - preguntó Clara.
- Deben ser las iniciales del dueño. - Dijo Santi pasando el maletín a Alejandro para que este lo inspeccionara – ¿Se os ocurre alguien con esas iniciales?
- Todos negaron con la cabeza.
- Alejandro sacó una navaja
y empezó a jugar con el cerrojo del maletín. Ponía cara de susto a pesar de estar muy concentrado en su trabajo. Se oyó un chasquido. Uno de los dos cerrojos se había abierto, pero Alejandro gritó y mostró un corte que sangraba generosamente en la palma de su mano izquierda.
- ¿Estas bien Susto? - preguntó Marta- Ese corte tiene mala pinta.
- Tranquila, parece peor de lo que es – contestó el chico mientras se lamía la herida.
- Mirad eso! - Pedro cogió el maletín, que todavía conservaba un cerrojo intacto, y consiguió extraer un billete que sobresalía manchado con la sangre de Alejandro. Lo observó detenidamente. -Son quinientos euros!- dijo sorprendido – ¿Creéis que habrá más dentro?

lunes, 16 de enero de 2012

Piloto

Como todas las buenas ideas, esta surgió en el momento menos esperado...

Cuarenta y ocho, cuarenta y nueve, cincuenta. - Santi giró sobre sí mismo, abriendo los ojos lo más que podía. Siempre que jugaban hacía lo mismo, era como si creyera que así los encontraría mejor. Al primer vistazo, sin ni siquiera moverse del sitio, chilló - Marta, te he visto.
Marta salió de detrás de su escondite. – ¡Porqué siempre soy yo la primera a la que pillan!
Desde pequeña Marta había pasado la mayoría de las tardes en la panadería de su madre. Y nunca había podido resistir el picotear entre esos dulces que su madre preparaba con ternura. Eso le había acarreado el tener unos quilos de más para su edad, aunque para ella eso no contaba. Hacía lo mismo que todos sus amigos, aunque eso algunas veces no jugaba a su favor. Cuando jugaban al escondite era una de ellas, Marta se empeñaba en esconderse detrás de los arboles, como la mayoría de sus amigos. Era lo más fácil para ganar, al esconderse detrás del árbol, el que pillaba debía dar la vuelta al árbol para poder verlo y en cuanto eso pasaba salían corriendo para salvarse. Para Marta era más difícil, al esconderse detrás del árbol se la veía y la estrategia no funcionaba. Pero igualmente continuaba en sus trece.
Santi siguió con la búsqueda mientras Marta se dirigía hacia la acera donde siempre se sentaba a esperar a los demás. Era pleno mes de agosto, el calor era sofocante.
Marta vivía en un pueblecito de la costa, la mayoría del trabajo del pueblo venía de la pesca. El puerto se había convertido en el centro neurálgico del pueblo. Allí se trabajaba, se comerciaba y para Marta era donde ella y sus amigos jugaban. El varadero era donde más les gustaba jugar, entre barcos, artilugios de pesca, materiales para reparar barcos y otros, ellos podían dejar volar su imaginación y convertirlo en cualquier otro mundo.